viernes, 8 de julio de 2011

El pelo, ese gran desconocido

Con la famosa crisis financiera algunos brokers se tiraron desde lo más alto de Wall Street, otras personas emigraron a Inglaterra y los demás nos quedamos haciendo cola en el Inem. Entre tanto, el desempleo me echó en manos de las redes sociales y de la Antropología, lo que ha desembocado en diversas reflexiones sobre el estudio del ser humano, dignas del siguiente post.

Sumergiéndome en el mundo cognitivo y simbólico de la Antropología, descubrí que el cuerpo es la primera materia de simbolización con la que ha contado el ser humano desde sus orígenes. Pensando en tirarme de los pelos, en plena fase de desempleo tras acabar la universidad me encontré con que el pelo es una de las principal materias con la que el ser humano ha "incorporado" la diversidad cultural. Algunos han llegado a creer que su dimensión es universal, por la facilidad con la que se le han atribuido significados, alentada por la variedad de características físicas que en sí contiene. Sobre todo en los tratamientos rituales, en los que de forma extrema se encuentra el corte y afeitado drástico del bello corporal, y el desaliño total, con barba larga y greñas en el cabello. Fue un tal Wilken, quien a finales del siglo XIX compara el corte ritual del pelo como un sacrificio, en sustitución simbólica del sacrificio humano, ya que era en la cabeza donde situaban el asiento del alma. De esta forma, se incluye como una mutilación ritual, un derramamiento de sangre imaginario.

Y en esta, como en tantas otras ciencias, llegó las interpretacines psicoanalistas que relacionaron al pelo como símbolo universal de los órganos sexuales, explotando la relación de la parte por el todo. Una asociación homeopática en la que el corte y el afeitado reproducen la castración, eso sí, simbólica. Podemos ver el ejemplo de las viudas de la India que tienen que ir rapadas tras la muerte de su esposo.

Trailer de la película "Water" (Agua), de la cineasta Deepa Mehta, que refleja la vida de reclusión célibe de las viudas indias.

En las interpretaciones que asocian el sexo con el pelo, se ha contemplado incluso que la naturaleza de una sexualidad no sometida a restricciones está representada por el pelo largo, mientras que una sexualidad restringida lo está por el pelo corto, y el celibato por una cabeza bien rapada. Postura que ha sido rechaza por algunos teóricos como asociación basada en el subconsciente, ya que en el ascetismo hinduista, tanto el rapado de la cabeza como el pelo desaliñado y enmarañado, significan celibato y desasimiento de las pasiones sexuales. Y lo hacen de forma consciente.

Sin embargo, las diversas etnografías han evidenciado que tanto el pelo como las prácticas que con él se hacen no son de carácter universal. Y es que, aunque sus características físicas son naturales, como materia de simbolización el pelo es social. Sus rasgos físicos están culturalmente seleccionadas, y múltiple y diversamente interpretados en tanto que vehículos de significados.

Si cortarse el pelo ha sido considerado en algunas culturas una castración, habrá quien diga que las mechas rubias con raíces negras de cuatro dedos y el caldado de los ochenta se pueden catalogar de auténtico sacrilegio. Sin embargo me preocupa el significado de profundo desasimiento sexual que los teóricos del futuro le darán a los diversos métodos de depilación. La cera caliente y la depiladora eléctrica serán relacionadas sin duda con una dolorosa condena.

domingo, 13 de marzo de 2011

El carrito de la compra

El otro día en el supermercado vi como un niño iba henchido de felicidad sobre el carrito de la compra. La imagen, sin duda, me trajo muy buenos recuerdos. Cuando era pequeña me encantaba ir a hacer la compra con mis padres por el solo hecho de montarme encima de uno de esos carros. Y es que, si por entonces el supermercado, con tantos productos y colores, era como una feria, el carrito era su atracción estrella. Recuerdo atravesar con mi padre más feliz que una perdiz el aparcamiento del supermercado hasta la fila de carritos, con los dedos cruzados para que hubiera uno con asiento para niños. Desde la posición de ese asiento, aunque fuera de espaldas a la trayectoria del cuatro ruedas, mi vista alcanzaba latitudes que mi pequeña altura no me permitía ver. En concreto, todo lo que se encontraba por encima del cuarto estante. Pero a veces la suerte no me acompañaba y me tocaba un carrito convencional, de esos cuyos viles fabricantes no se percataron de la existencia de miles niños que, por no ir en carritos con asiento, se perdían por la superficie comercial deambulando de pasillo en pasillo entre sollozos, hasta que algún alma caritativa  le acompañaba hasta el puesto de megafonía. Allí una cajera describía sus rasgos físicos y las prendas que vestía y si, con suerte, el niño dejaba de sollozar, también resonaba su nombre por toda la superficie. Quien conseguía perderse tenía una gran historia que contar en el cole. 

A pesar del disgusto, el sustituto convencional tan poco estaba tan mal, pasabas de pilotar un fórmula, cual Fernando Alonso, a ser prisionera en una jaula del barco pirata. Claro que, a medida que mis padres hacían la compra, la cédula de habitabilidad del cubículo de hierro bucanero iba disminuyendo progresivamente, hasta tener que tirarme a los tiburones. Primero era la caja de leche, la que ocupaba los bajos del carrito, y a continuación se iba llenando de todo tipo de alimentos: legumbres, yogures, congelados, etc... Siempre realizábamos una parada en boxes, para recargar, en esos puestos donde ofrecían catas gratuitas de cualquier producto en promoción: quesos, cafés, pasteles... Casualmente siempre nos solíamos equivocar y recorríamos por segunda vez el  pasillo de las promociones. Como en toda atracción, el viaje llega a su fin. Arrinconada en el extremo del carrito, que encima solía ser más estrecho para aumentar la agonía de esta pobre prisionera, permanecía rodeada de latas de conserva, espaguetis y demás manjares, que resbalaban, empujándose unos a otros, hasta golpearme la cabeza. Llegaba entonces la hora de las botellas de 5 litros de aceite que, situadas al final del supermercado, significaban el fin de mi aventura. Mi padre me rescataba de aquel zulo alimenticio y me retornaba a tierra, donde, victoriosa tras el rescate, ayudaba a empujar, con una fuerza sansónica, el barco pirata hasta la caja.

viernes, 28 de enero de 2011

Más putas que las gallinas



Dicen que las gallinas son muy putas, y eso que a la mayoría las arrinconan en una jaula estrecha en grupos de cuatro sin más espacio que el necesario para la puesta. Porque sí, encima que son putas las pobres tienen que poner la cama. Metafóricamente hablando está claro, porque lo único que han venido poniendo hasta ahora han sido huevos. Se podría decir que, más que aves domésticas de vida alegre, las gallinas son monjas de clausura en un encierro donde el continuo cacareo, lejos de rumores sobre el desgraciado pollo que ingirió Andreita, se convierte en plegarias por salir de tan hacinado corral. Incluso madrugan más de lo debido, no para rezar maitines, no, sino por culpa de los amaneceres intermitentes que programan artificialmente para adelantar la puesta, provocándoles un parto precoz. Pobres gallinas... ¡y que pasen a formar parte del refranero popular como putas! Seguro que la fama viene dada por alguna libertina de pueblo, una ligerita de plumas de esas que son salvajes en el campo o corren libres por el corral. ¿Pero qué culpa tienen ellas si en el lugar sólo existe un gallo? ...y en menos que le da por cantar, está pisando a la vecina. El 'galloarcado' lejos de juzgar al gigoló le brindó la corona como a Coqui, el rey del corral, y condenó a sus compañeras a la promiscuidad eterna gracias al dicho castellano. Lástima que la refranería no destaque que son ellas, las putas, quienes ponen los huevos que entregan de ofrenda sobre el altar.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La calvicie 'made in Taiwan'

Tengo un problema con mi pelo, lo admito, no logro dominarlo. Si me lo hubiera cepillado todos los días de pequeña a lo mejor ahora tendría una melena lacia y reluciente como la Barbi.  Quizá mis enredos cabelludos tengan la causa precisamente en esas muñecas, concretamente en mis Barbis orientales. Sí, mis muñecas, lejos de tener la melena rubia, larga y reluciente como las de sus primas americanas, eran calvas. La razón de esta diferencia era pura cuestión genética, las mías no eran de Mattel, no, sino de Taiwan. Lejos de ser muñecas didácticas para hacer comprender a las niñas de mi generación los efectos secundarios que provocaron los rociados de laca y los escaldados de los 80's, dentro de la oleada de juguetes integradores de toda diversidad cultural como en nuestros días ha pretendido ser la escalofriante aparición de Barbi burka, la calvicie de mi muñeca simplemente provenía  de fábrica. Para contrarrestar este defecto, probablemente motivado para evitar la demanda por plagio de la fábrica californiana, el pack salió a la venta en las tiendas de todo a 100, pesetas,  con un amplio muestrario de pelucas con toda serie de cortes y colores. Morenas, rubias, rizadas, lisas, cortes a lo garçon y melenas peleonas pelirrojas. Sin embargo, estos cambios de looks aunque sí las convertía en las más fashion de las historietas que inventaba junto  a mis amigas, las condenaban a su vez a mantener una compostura, no propia de su juventud. Ya que, al menor movimiento, las pelucas salían volando en el primer traspiés dejando su brillante cráneo al aire, delante de todos los Ken del barrio. Para empatar su alopecia, las pobres sufrían celulitis efímera. Por poco que apretara sus extremidades, éstas se abollaban rápidamente, hasta que, transcurridos unos minutos, el aire comprimido devolvía a la muñeca su fisonomía original. Sus primas californianas, no tenían este problema ya que estaban fabricadas de una especie de resina que las mantenía rígidas por más que las pellizcara.

Los Ken siempre han sido una historia aparte. Mira que eran guapos los jodíos, no se despeinaban ni cuando conducían el descapotable de su novia. Claro que tenían el pelo de plástico adherido a la cabeza, y esa sonrisa profiden que les duraba toda la vida, debía ser por la velocidad que alcanzaba el bólido. Sin embargo, un defecto de fábrica debió de cargarse el miembro viril de Ken, porque bajo los pantalones del muñeco sólo se encontraba la extensión de la barriga. ¿Cómo iban a jugar los niños con Ken si en lugar de sentirse identificados, el muñeco representaba en sí mismo el complejo de castración que explicaba Freud en su psicoanálisis? Porque al menos, la muñeca tenía algo de pecho, pero claro, salvo las marcas de los pectorales y los abdominales Ken era un ángel, pero sin alas. Desde mi imaginario infantil se resolvió de forma rápida esta pubertad interrumpida de Ken y mi barbi taiwanesa, bastó con cortarle un poco de pelo a una de las pelucas y pegarlo con cinta adhesiva donde, por la edad que pretendían tener, les correspondía. Y es que, ahora que recuerdo, me resulta extraño como los fabricantes de juguetes reproducían y siguen reproduciendo    actualmente los roles sexistas allí donde no los debe haber, y sin embargo, evitan reproducir las más naturales diferencias  de la anatomía del hombre y la mujer. Puritanismo importado que incluso las falsificaciones 'made in Oriente' reproducen con toda fidelidad. Después de esta reflexión mi pelo se ha enredado aún más, menos mal que 'in extremis' siempre me quedará la tijera.

sábado, 9 de octubre de 2010

"Ni que fuéramos Bin Laden"


Una encuesta reveló hace unos días que, de presentarse como candidata a las próximas elecciones generales, Belén Esteban se convertiría en la tercera fuerza más votada del país, por delante de Izquierda Unida, UPyD y los partidos nacionalistas. Ante esta noticia, los vellos de muchos diputados y diputadas del Congreso se erizaron al imaginar oír el eco del hipotético "¿me entiendes?" retumbando en la cámara baja, como coletilla tras cada intervención de la Esteban en el hemiciclo. El estudio se realizó para un documental que tuvo como protagonista a la "show-woman" de Telecinco, y desde entonces ha sido analizado por políticos, periodistas, sociólogos y telepectadores. Muchos han manifestado su repulsa ante la posibilidad de que la chica de San Blas, sin estudios superiores y carente de una elocuencia elegante, llegue a captar el 8% de los votos del electorado, alcanzando, cerca de 5 escaños . 

Sin embargo, si analizamos el currículum de los dirigentes políticos que gobiernan nuestros pueblos, ciudades, autonomías, y el país en su conjunto, podemos apreciar que un porcentaje terrorífico no tiene estudios universitarios, no sabe hablar un segundo idioma y presenta grandes dificultades para teclear  un ordenador. Pese a ello, la implicación política de un dirigente puede soslayar su posible incultura si se muestra semejante a sus conciudadanos, comparte sus preocupaciones y mantiene los pies en la tierra ejecutando su labor. La tónica imperante constata que a los ciudadanos no les gobiernan personas que ostentan un cargo público, sino galácticos que, una vez que se alzan con la vara de mando, no se codean con los hombres y mujeres que hacen cola en el Inem, ni con los que impacientes que esperan en la sala de Urgencias, ni con los que viajan en transporte público cada mañana para llegar a un trabajo precario. 'La Esteban' se cuela cada día en sus casa, ya sea a través de su programa o en cualquier zapping de otra cadena, cobra un sueldo de Telecinco pero va a comprar al Mercadona de su barrio, y no tiene pelos en la lengua para llamar a las cosas por su nombre. Es una chica de barrio, "la princesa del pueblo" la llaman, sin embargo no tiene ninguna corona. A través de la tele, la gente conoce su vida, la peluquería donde se peina, la colonia que usa y su receta para hacer "cloquetas". 

No es que desee conocer tantos detalles de la vida de los políticos, pero como electora quiero conocer a quienes me gobiernan. Yo querría verlos más a menudo sin corbata, verlos sin tijeras, ni descorriendo cortinas inaugurales. Sin embargo, cuando llegan las elecciones me encuentro lo que se encuentra el resto de electores: una serie de listas de nombres y apellidos desconocidos que metemos en un sobre, y que damos por supuesto que están capacitados para decidir sobre nuestro futuro. La posibilidad de que 'la Esteban' obtuviera un escaño sería sin duda resultado de un acontecimiento populista -conocida su fama y popularidad-, pero, a su vez, pondría de manifiesto un hecho escalofriante, la distancia y el hastío que los ciudadanos y ciudadanas sienten ante aquellos que hoy en día nos gobiernan o intentan gobernarnos.

Pese a todo, espero que ese hastío se ponga de manifiesto mediante otros actos reivindicativos, y dejemos a 'la Esteban tranquila'. "¡Ni que fuéramos Bin Laden!".

domingo, 3 de octubre de 2010

El registro civil

Entro a los Juzgados de no sé cuantas instancias de Jerez, no sin antes pasar mi bolso por el escaner y pasar el cuerpo serrano por debajo del arco del detector de metales. Entre nosotros, tengo pintas de llevar una navajita de hoja blanca. Cuando logro llegar a las dependencias del Registro Civil, una sala un tanto escondida, allá donde se encuentran todos los papelajos donde consta en acta la presencia y andanzas por el mundo de miles de jerezanitos ( 'ya zomo dosientomí) y demás foráneos. En la sala se han acabado los números de ese artefacto rojo que cuelga de cualquier carnicería de barrio y, en consecuencia, hay que pedir la 'vé'. Tras una ligera ojeada cuento a cuatro recién nacidos, acompañados de sus respectivos progenitores. Aunque ni siquiera están registrados en el Juzgados, sus padres ya se han encargado de reafirmar el sexo del neonato. Dos niños, con ropa, toquilla y carrito azul. Una niña, con las orejitas perforadas y su lazo postizo pegado a su débil cabello. Y un posible angelito asexuado, cuya toca y carrito era blanco, aunque quizá tal pureza se deba a la timidez de éste a la hora de posar en la ecografía o en el poco vaticinio del ginecólogo. Uno de los niños es descendiente de sudamericanos, se nota por sus ojitos achinados, su piel mestiza y un pelo negro azabache, empapado en sudor mientras su madre le da el pecho. Todos ellos, incluso el bebé mulato que salió del registro, con un padre negro como el betún y una madre blanca como la nieve, padecen el enorme esfuerzo que supone ser español. Aguantar una cola enorme, mientras sólo un par de funcionarios se afanan en facilitar partidas de nacimiento, defunciones, bodas civiles, etc, etc. Es lo que tiene formar parte de una sociedad 'civilizada'. Tras estar una hora mirando los carteles del registro descubrí que, de permanecer allí un rato más, lo mismo me hubiera animado a cambiarme de nombre: Fausta, Cló o Regina. De veras que lo pensé. También leí que allí se solicitaba la fe de vida, que viene a ser lo que certifica que a una le late el corazón, o sea ser, que está viva, y debe de tener mucha enjundia, porque muchas personas han seguido cobrando pensiones a raíz de que no pusieron mucha fe en el documento ajeno. También se puede consultar el estado en el que se encuentra una, que no es lo que certifica el tuenti, mal que les pese algunos, sino su estado sentimental-civil, aunque aun no contemplan el término 'arrejuntado' ni el 'follamigo'. El reconocimiento de no sé qué paternidad también se pide por estos lares, y al parecer, la nacionalidad española. Curioso elenco humano se encontraba en aquella sala, los ancianos con sus partes de defunción, las parejitas, que con sonrisa histérica, llegaban preguntando ¿aquí es para casarse?, los bebés que lloraban implorando formar parte de la 'civilización', los inmigrantes en busca del documento que fulmine su 'alegalidad'...etc. Al final me largué porque de aguantar un poco más, iba acabar solicitando llamarme Dolores Amancio Ortega, demandando que el jefe de Inditex me reconociera como hija o, teniendo en cuenta la lentitud con la que los allí presentes lidiaban con la burocracia, pidiendo a gritos la auto expatriación del país.